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ISSN 1989-4163

NUMERO 11 - MARZO 2010

 

Las Dos, Don Avelino, las Dos

Beatriz Rodríguez

Nací de culo. No es metafórico. Es absolutamente literal. No de cabeza. No de pie. De culo. “Presentando nalgas”, como años más tarde me contaría mi madre, en jerga médica. A fin de cuentas, la expresión debió habérsele quedado indeleblemente grabada tras haberla escuchado, primeriza extenuada en la camilla de un sanatorio de los sesenta, de labios de don Avelino, médico tocólogo cuya grave expresión no auguraba nada bueno. Mi madre nunca entró en demasiados detalles. Siempre se ha mostrado fuerte. Quizá el hecho de que tras mi nacimiento tuviera otros cuatro hijos, ha borrado o confundido el detalle de sus recuerdos de modo inconsciente. O tal vez de modo consciente.

Mi abuela se explayaba más. Castellana austera, nos acostumbró a un cierto sentido trágico de la vida y relataba en mis oídos adolescentes con su verbo preciso que nací gracias al esfuerzo de mi madre y al conocimiento  de aquel médico y que mi padre tuvo que responder a una pregunta definitiva: o la madre o la criatura. La respuesta sonaba en labios de mi abuela con ecos de catedral, apocalípticos: “Las dos, don Avelino, las dos”.

Aquel hombre había dado ya largos pasos tras el umbral de la  edad de la jubilación y sin embargo seguía ejerciendo en un Madrid que se quitaba el pelo de la dehesa como podía, a ritmo de tecnocracia y  planes de desarrollo. Su bigotito fascistoide, ya muy blanco, no hacía honor a su mirada de  sabio; su impecable bata blanca enmarcaba con un resplandor casi místico su humanidad seria y anticuada. Era don Avelino un ginecólogo de raza. Nunca lo conocí. De su categoría humana sí que me habló mi madre. Siempre he pensado que las personas se reconocen mutuamente en su virtudes y en sus defectos. Mi madre reconoce las cualidades humanas. También los defectos. En Don Avelino admiraba a quien desempeña su oficio a conciencia, con los seis sentidos, sin oropeles y sin perder de vista nunca quien es el destinatario de su afán. Ella ha sido maestra en más de un colegio público del lado oscuro de Madrid.

Me contaba que el sabio, muy joven había trabajado en uno de aquellos hospitales de preguerra, invariablemente construidos en ladrillo rojo y  en los que las monjas cortaban el bacalao con diligencia y una cierta tacañería, llevando y trayendo vendas a comadronas. Allí encontró su camino. Y siempre dijo que el oficio se lo habían dado aquellas mujeres esforzadas, sin apenas recursos. Los catedráticos de medicina en los años universitarios se habían limitado a proporcionarle muchos nombres y algunos porqués.

Después de largas horas de dolor, de comadronas presionando con todo el peso de sus cuerpos y sin tregua aquel vientre de veintitrés años, de fórceps hábilmente manejados y de pericia de médico antiguo empeñado en mi venida a este mundo, nací. Amoratada, deformada y corajuda. No sé si por querer salir o por no querer salir.

Mi empeño en la verticalidad se ha mantenido toda la vida. Nunca he querido ni he podido estar cabeza abajo. ni en los juegos infantiles, ni en las clases de gimnasia, ni al saltar al agua, ni al bucear dentro de ella. La cabeza siempre arriba. Creo en que la venida a este mundo nos marca. Creo en que fui el producto del esfuerzo de muchas personas, pero especialmente el de mi madre y el de aquel médico. Y sin duda, del mío propio, por querer o por no querer, por poder o por no poder. De mi padre, de mi abuela, de mi gente, también tengo mucho que decir. Cada cosa a su tiempo. Soy el empeño y la voluntad de muchos seres humanos y ello nunca ha dejado de impresionarme.

Mi abuela terminaba  el epigrama de mi nacimiento con estas palabras:
- Tres mil pesetas del año sesenta y cuatro. Era mucho en aquel tiempo, pero aquel esfuerzo no estuvo nunca pagado.

 
 

Las dos

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